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A un paso del poder

Piero Suarez

@pyrosuarez – Investigador, conferencista y licenciado en Filosofía de la PUCP

«Todo en la vida es sexo, menos el sexo: el sexo es poder». – Oscar Wilde

Si persiguiésemos las motivaciones detrás de cada acción humana, encontraríamos en última instancia, pulsiones sexuales como fuentes del móvil social. Sin embargo, ¿qué buscamos en el sexo? ¿Es lo sexual un fin en sí mismo o delata un móvil latente interno a lo sexual? Oscar Wilde nos invita a pensar que la dulzura final de estas aventuras son un fenómeno claro y distinto: nos da la bienvenida a la fiesta es el poder.

Y es que el poder no es otra cosa que una fluctuación de agencia entre agentes. Desde el comienzo de los tiempos, las criaturas han buscando expandir su agencia en orden de acceder a distintos recursos y estas dinámicas las observamos en el día a día de cualquier vida; mucho más en las complejas dinámicas de poder propias del devenir social contemporáneo. Y no es ajeno a nuestro conocimiento que el humano captura insumos para sus fantasías de todo escenario que se le presente. Bastaría pensar en cualquier fantasía del ámbito sexual: rastrearemos siempre objetos, sujetos y escenarios que nos rodean. La sexualidad no es más que una plataforma donde se recrea estimulándose física y mentalmente nuestra incompleta y creciente naturaleza. ¿Cómo va a estar el poder ausente de estos insumos para el placer? Algo tan transversal, estructural y omnipresente como el poder, no solo estará presente en la sexualidad a modo de fantasía; estará inmiscuido en los huesos mismos del esqueleto de la sexualidad. Pero hay una diferencia entre quienes reconocen de qué están hechos los cimientos mismos de este edificio, aquello que distingue a un grupo de los conocidos vainillas: la explicitación.

Mucho se ha discutido sobre la categoría social de las prácticas BDSM. Diferencias en nuestro algoritmo del placer a partir de una química cerebral distinta, distintos valores, cultura, hasta genes. Sin embargo, mucho explicamos si no hacemos tal diferencia. Todos jugamos con el poder, pero no todos lo hacemos explícitamente. Esa es quizás la diferencia que permite al BDSM haberse desarrollado -no solo como conjuntos de prácticas, sino como- comunidad con su respectiva identidad. La comunidad BDSM ha logrado hacer una tipología que agrupe sus prácticas encontrando la clase de relación que se da entre sus integrantes. No hay una sola forma de explicitar los roles de poder. Podemos encontrar a quienes saben disfrutar un proceso de conquista o doma como los brat tamer o quienes ya desean entregar placer desde el minuto cero como una variopinta muestra de dominantes. Incluso quienes viven el poder a través de un rol de suma dependencia como los ddlg (daddy dom / Little girl o boy); quienes se enfocan más en el dolor, masoquistas, o incluso hay esclavos y esclavas para un juego más extenso en tiempo e intensidad. Las comunidades BDSM han logrado capturar conceptualmente una larga lista de formas de vínculos de poder para quien descubra que la explicitación del poder es lo suyo, pueda terminar especializándose en aquella práctica que más placeres le prometa.

De manera que poner al frente las dinámicas de poder, visualizarlo, expresarlo, vivir el completo performance del mismo, es lo que a fin de cuentas separa lo vainilla y lo convencional, del mundo de interminables detalles del BDSM. No sería apresurado presumir que incluso en lo convencional hay gotas de BDSM; sin embargo, no es sino a partir de la asunción honesta del combustible de nuestro placer que este último se extendería a sus límites más intensos. Por supuesto que hay quienes encuentran placer en lo seguro y convencional, pero desde aquí los invitamos a arriesgar a su confort en busca del inacabable vértigo de los juegos de poder. Larga vida al BDSM.

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