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Conocí a mi novio en Tinder

Astrid Soldevilla@astridsoldevilla

Artista multidisciplinaria – Directora de @deshojarorquideas

 

A mi novio lo conocí por Tinder, en una época en la que la soledad y el desgano  predominaban, entonces las ganas de salir a tomar un trago con algún extraño para distraerme parecían necesarias. 

 

Cada cierto tiempo tenía una cita diferente, con un tipo diferente, muchas veces ausente y  siempre extranjero. 

 

Decidí salir únicamente con gente que estaba en el país de paso, para así no tener que atravesar los desastres que las malas relaciones me habían enseñado sobre el amor, principalmente, romántico. 

Me creía capaz de evadir mi sensibilidad, porque me daba miedo que me hagan daño.

Hasta que conocí a Michał.

Lo vi en Tinder en noviembre del 2018, pero para la familia, lo conocí en el bar de Selina. 

Recuerdo que apareció entre varios swipe right y swipe left desinteresados, pero cuando emergió su cara, me detuve y lo contemplé largo rato. 

En su foto salía su cara sonriente en primer plano, se veía absolutamente adorable con su sombrero de paja en la cabeza mostrando orgulloso el trozo de pan serrano que llevaba en la mano. Le di ‘me gusta’ cruzando los dedos de que yo también le haya gustado. Y así fue. Hicimos match.

Le escribí al instante: ‘Hi. How are you?’ con una carita feliz al costado. Me contó que era de Polonia y conversamos de Lima y su no venta de alcohol en elecciones municipales que a nuestros seres beodos de ese entonces tanto les pareció importante. Elogió mi manejo del inglés y yo le pregunté si él hablaba español. Me respondió: ‘Un poquito’ y me llenó de ternura su uso de diminutivos. 

 

Aproveché la brecha cultural para ofrecerme como profesora de español, puesto para el que estoy pobremente calificada, pero que generaría la ansiada pregunta sin hacerme ver desesperada. ‘Maybe we can go for a drink and you can teach me some spanish and I can teach you some polish in return’, me escribió. Bingo. Había una cita. Me sentí una experta. Una avezada en el arte de la conquista virtual.
Pero lo dijo y desapareció.

Abrí nuestra conversación de Tinder varias veces en las semanas que siguieron, pero nunca respondió poniéndole fecha a nuestra ingeniosa excusa de interacción. A mi pequeño engaño con promesa educativa que solo era una tela transparente a mi gran deseo de conocerlo, besarlo y hacerle el amor. Con pena, di al polaco por perdido.

Reapareció en diciembre pidiendo disculpas por haberme dejado virtualmente plantada. Me dijo que le había entrado un parásito y que había estado en medicación. Intuyo, a mi buen saber latinoamericano, que estuvo un buen mes encerrado en el baño, asunto que no me iba a confesar, porque no posee la maravillosa y a veces espeluznante conchudez de un peruano.

Lo imaginé por breves minutos como el clásico gringo explorador afanado con sumergirse en el gran imperio de los incas. Con su casaca y mochila North Face, pero con su buen chullo con llamitas. Alucinado con las 5000 variedades de papa, aunque solo hubiera probado dos. Alucinado con la ruinas, la gastronomía y el turismo vivencial sin considerar, por supuesto, sus consecuencias gástricas.

Se avergonzó varias veces de su confesión parasitaria y yo solo disfruté su tierna vergüenza, su timidez y su etiqueta. Tan extraña para mí que siempre cuento más de lo que debería.

Le puso hora, fecha y lugar a nuestra salida y yo únicamente me dediqué a aceptar fascinada la reaparición del chico lindo de tinder con lentes y cara de nerd.

Como buena peruana, llegué dos horas tarde a nuestra cita, pero no por mis malas costumbres tan bien aprendidas, sino porque mi sobrina salió del clóset conmigo ese mismo día. Le expliqué el motivo de mi demora y se alegró por nosotras. Me dijo que me tomara todo el tiempo que necesitara, que ella era más importante que cualquier cita y que él, pacientemente, me esperaría. Si ya desde antes de conocerlo sabía que lo adoraría, ahora lo adoraba aún más.

Nos vimos y yo solo temblaba, pero por fuera me veía increíblemente confiada. Años de practicar el arte de ocultarme no eran en vano y no se me iban a escapar ahora de las manos.

Le soltaba chistes cada seis palabras, me burlaba de él -con él- cada 10 minutos, me hacía la interesante y me iba al baño dejándole una frase que una vez que entraba y me miraba al espejo, yo le decía a mi propio reflejo: ‘Mierda, Astrid. ¿Qué te pasa?. Hoy eres fuego.’, mientras me cagaba de risa de este personaje que me había emergido después de tres cervezas en nuestro encuentro.

Nuestra cita terminó a las 5 de la mañana del 31 de diciembre y yo tenía a mi madre reventándome el teléfono primero con preguntas y luego con amenazas. Yo solo ignoraba. Estaba maravillada de la existencia de Michał. De su cabello rizado, sus lentes, su risa tímida, sus besos suaves y argumentos fuertes. Su gargo de sabelotodo mientras me hablaba de su fascinación por la ciencia y la tecnología y hacía grande, pero tímido alarde de su maestría abandonada en neurociencia. ‘It was boring as fuck.’, decía. Se daba el lujo de llamar aburrido al estudio del sistema nervioso y yo me reía de él y de todo.

Pasamos el año nuevo juntos y al final del mes me dijo que estaba enamorado de mí. Yo estaba tan nerviosa que no le dije nada. Luego de un largo silencio, me preguntó si había dicho algo malo y le dije: ‘No. Yo también te amo.’.

En febrero estábamos en Cusco y se enfermó de nuevo, así que no fuimos a ningún lado. Me dio pena, porque nunca lo escuché decir: ‘Oh, Machu Picchu’ con el tono de voz de los gringos  que siempre son tan graciosamente retratados en los comerciales de televisión.

 

En mayo su inminente viaje de regreso a Polonia que tanto me había aterrorizado fue súbitamente cancelado por nuestro romance latino-europeo.

En junio me fui de la casa de mis padres y comencé a vivir de nuevo.

 

Primero ‘sola’, entre comillas, porque en mi casa o en la suya eran pijamada todos los días, pero un día se quedó y ya no salió. 


Hemos combinado contra todo el pronóstico pseudocientífico propio de los horóscopos, mi emotividad excesiva tan estereotípicamente latina con su raciocinio científico tan estereotípicamente europeo, mi falta de modales con su etiqueta, mi amor por el desorden con su amor por la organización, pero hemos aprendido juntos a hacernos y ser el amor.

Julio llegó y Michał tenía que volver a su país, porque también tiene amigos y familia que lo aman por las mismas y otras razones por las que lo amo yo. Julio llegó y estoy sola en nuestra casa que ahora ya no parece nuestra, porque no tiene su presencia ni su mochila roja de viajero que no siguió viajando, porque se enamoró.  

Pero acá sigue su ropa, sus zapatos, su sombrero de paja, de la misma foto de Tinder que me dejó anonadada, para recordarme que esta, nuestra despedida, no es ni será eterna. Y que en este tiempo de ausencia, de vacíos en la cama, de caricias solitarias, tengo que reencontrar todo lo que había hallado en Michał, en mí.

Que tengo que aprender de nuevo a tomar el desayuno a solas. Que tengo que aprender de nuevo a dormirme sola. Que tengo que aprender de nuevo a pararme en la tristeza a solas. Que tengo que aprender de nuevo a hacer el amor a solas.

Pero hoy, en mi segundo día de ausencia, salí por fin de la casa y me fui a la florería. La señora de la tienda me preguntó si aceptaría que ella me regale un ramo entero de flores amarillas sin que yo le contara nada de ti. Mi creencia en la magia me dice que el amarillo es para la buena suerte, pero ya imagino tus ojos rodando y tu comentario intelectual de mierda y te extraño tanto carajo. 

La señora decía: ‘Este ramo ya ha florecido. Nadie se lo va a llevar, porque todos quieren ver cómo las flores empiezan a brotar.’.

 

Y ahora, con el ramo en el centro de la mesa, en medio de mi tristeza, me miro al espejo y le pregunto a mi reflejo: ‘¿Ya has de florecer?’.

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