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Mi enamorada trajo juguetes a la cama y estoy acá para contarlo.

Augusto Gutierrez S. – Artista escénico

@ostraparlanchina

Me perdonarán los hombres afortunadamente deconstruidos que me leen, pero cuando mi preciosa enamorada, quien estaba de viaje, me contó por videollamada que se había comprado un huevito vibrador en un sex shop colombiano, casi me da un infarto… de pene. Casi quedo impotente. Y no por la exoticidad nor-suramericana que esto implicaba, no; sino por la ajena, fría y autómata variedad que, pensaba, este huevecillo traería a nuestro cálido y orgánico nidito de amor (nuestra cama de plaza y media).

Sí, tardé un par de días de «sí, amor, todo bien, no te preocupes», pero rápidamente entendí que este repentino temor que me invadía no era otra cosa que miedo a la variedad, a lo nuevo y -sobretodo- a lo mejor.

Porque no me dejarán mentir, un juguete sexual lo hace todo mejor; y no porque el único propósito de su creación sea generar infinito placer, no lo digo por eso (sí lo digo por eso), sino porque fácticamente aumenta las posibilidades durante el mambo horizontal. Piénsenlo así: antes solo podían hacerlo tú y tu pareja, y ahora lo pueden hacer tú, un huevo y tu pareja (fuera de contexto suena raro). Mejor imagina que un juguete sexual es como un Play Station: tienes un play, puedes usarlo o no, puedes tener un juego favorito (FIFA, yo sé), puedes tener varios juegos y usarlos dependiendo de tu estado de ánimo (spoiler: ahora mi enamorada y yo tenemos una colección de juguetes); todo vale. No tienen que usarlo con frecuencia, no tiene que enloquecerle a ambos; que el Humpty Dumpty de la lujuria se balancee paciente en tu mesa de noche no quiere decir que lo tengan que usar en cada uno de sus revolcones.

A lo que quiero llegar con estos ejemplos es que entre más posibilidades haya en un espacio de placer y divertimiento, creo que mucho mejor va a ser. Pero esto lo entiendo ahora, meses después de la susodicha compra; pero en ese momento solo pensaba en el primer encuentro (entre el huevo y yo, claro) y en qué rayos podía hacer para que mis huevitos blancos le ganen al orboide fucsia con nueve patrones de vibración.

Y aquí me encantaría decir que usé mis amplios dotes actorales para aplazar ese primer momento, pero ella venía de un viaje de dos meses… SESENTA DÍAS haciendo el amor por el teléfono (ahora en pandemia dos meses suena cortito, ¿no?). Ningunx tenía escapatoria. Ni bien su pie tocase suelo peruano, estaría encima de mí (o yo de ella).

Así que usé las 24 horas que me quedaban para entrenar cuerpo y mente.

Primero intenté vibrar de forma natural, pero no me salió. Así que aposté por la duración: hice ejercicios de suelo pélvico, estudié los 12 puntos orientales que debo presionar para aguantar más y empecé a comer… ¿cómo que dura 4 horas ininterrumpidas y se carga por USB? ¿Cómo le gano a eso? ¡Carajooo! ¿¡Qué hago!?

Aprenderé chistes. Usaré las pocas horas que me quedan para aprender los mejores chistes para usar durante el sexo; porque todxs sabemos que humor mata galán (huevo), ¿no? ¿¡NO!?

El día llegó. Mi enamorada bajó del avión y acto seguido estaba en la puerta de mi cuarto. Sin pensarlo mucho nos empezamos a besar, muy romántico al principio, pero poco a poco la fuerza aumentó y con ella la cercanía y la ferocidad. De pronto, ella bajó su… ¿QUÉ?, ¿QUÉ ESPERABAN?, ¿una novela erótica? Un poco más de respeto, por favor. Saltemos todo el inicio explícito y vayamos a cuando me dice «traje el huevito que compré».

Se me olvidaron todos mis chistes.

Lo sacó, era fucsia como ya les dije, me dio el control y después de mantenerlo presionado un instante empezó a vibrar. Como se imaginarán, yo estaba muy nervioso; pero a ella se le veía tan emocionada que decidí entregarme a la experiencia.

Esa cosa tocó mi cuerpo.

Y felizmente lo hizo.

El primer contacto fue extraño, como cuando bajas en ascensor y sientes un algo en la panza; pero después de unos segundos se empezó a sentir muy bien. Realmente bien. Inesperadamente bien. Tan inesperado que solté una carcajada.

— ¿Qué pasó? —me preguntó ella con otra risa.

— Es que me parece una gran compra, no lo esperaba —le dije un pelín avergonzado.

— Pensé que no te iba a gustar.

— Yo también —le respondí y la besé.

Esa tarde jugamos como nunca. Nos cagamos de risa, porque, no me dejarán mentir, aprender a meter ese aparato en la ecuación a veces puede ser un poco ridículo. Y también hicimos cosas riquísimas. Alucinantemente ricas. La pasamos increíble; y juro que se los contaría con detalle, pero tendríamos que cobrarles.

También le conté todo esto que les cuento a ustedes. Y le agradecí por permitirme experimentar con algo que no tenía en mis planes. Se rió, me dijo tontillo y me regaló un beso. Luego se fue a ver a su familia y yo quedé calato en la cama con una gran sonrisa en el rostro.

Ese día aprendí algo, no sé muy bien qué.

Creo que somos juguetones por naturaleza y deberíamos tenerlos siempre presente, incluso en el salvaje y performáticamente exigente sexo. Y si en algún momento se nos olvida, ¿por qué no tener un juguetillo para que nos ayude a recordar?

Gracias por la confianza y las posibilidades, amor.

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