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Mi primera masturbación no tuvo senos ni vagina

 

Álvaro Zagal – @zagaladas

Comunicador

 

Llegué del colegio y subí casi corriendo al segundo piso del camarote que compartía en ese entonces con mi hermano. Estaba con el uniforme de educación física, así que la practicidad y comodidad se prestaban para aquel arriesgado momento que quería tomar desde hace mucho tiempo. Mi clase de “Persona, familia y relaciones humanas” había despertado nuevamente mis libidinosas ganas de ir más allá; de llegar a la meta, de erupcionar cual volcán con muchos años de inactividad.

 

Recuerdo que, en mi casa, como siempre, no había nadie. Me despojé de la casaca, del polo y medias. Bajé apresuradamente el pantalón de buzo hasta mis tobillos y empecé a acariciarme lentamente hasta sentir que mis testículos se encogían y mi erección se avistaba por encima de mis calzoncillos. Liberé mi excitación y me quedé prácticamente desnudo. Empecé a darme placer con el ceño fruncido y me dejé llevar por el cómplice silencio de mi habitación. Al sube y baja de mi mano izquierda, se le sumó unos movimientos circulares involuntarios de mi pelvis que exacerbaban unos cosquilleos en la cima de mi miembro, que jamás, en mis mil intentos de masturbación, había sentido. Aquí voy, hoy sí o sí la hago, pensaba. De pronto, empecé a concentrarme mucho más y una escena pecaminosa llegó a mi mente. Yo, por supuesto, era el protagonista y mi complemento en escena no tenía senos ni vagina. Estaba tirándome a un compañero de clase.

Mis dientes superiores hacían presión en mis labios inferiores en clara muestra de excitación incontrolable. Ahora, como vi en “películas prohibidas” era momento de hablar, de hablarle a mi acompañante sexual y escuchar sus gemidos placenteros, de esos que te dejan saber que eres una máquina sexual capaz de llenar todas sus expectativas y, literalmente, llenarlo de placer. Yo gimoteaba en mi absurda soledad mientras en mi cabeza era parte de una función triple X de la que no quería despertar. Todo se mezcló en un mismo segundo: El sube y baja de mi mano izquierda, mis movimientos circulares, mis gemidos, sus gemidos, mis “¿te gusta?” y sus “dame más”. Los cosquilleos placenteros que recorrían mi ser y la apertura de mis piernas avisaban que venía el final de algo que busqué e intenté por mucho y, cuando no pude más, el culmen de mi primera exitosa masturbación se disfrazó de un líquido pegajoso que embarró mis manos y piernas de puro placer. Exhalé. Sentí cómo todo se relajaba en mi interior y cómo mi cuerpo empezaba a retomar su forma original. Cerré los ojos y me embadurné con mi propio placer como reconfirmando lo que segundos antes había pasado. Lo he logrado. Luego de muchos intentos escasos de concentración, lo había logrado. Sí. Lo logré. Me he masturbado, exitosamente, por primera vez.

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